lunes, 9 de abril de 2012

“LA MIRADA DE LOS OTROS”

…”la estación de ferrocarril metafórica, donde los habitantes de nuestro mundo recién comienzan a establecerse, ya no es más un alojamiento provisorio. Uno se establece allí para toda la vida.”

“La estación de ferrocarril media entre el pasado y el futuro; atrapa el presente absoluto.”
“... nosotros, hombres y mujeres de la era posmoderna, nos establecemos en la estación de ferrocarril del presente. Podemos hacerla habitable; también podemos transformarla en un infierno. 
         Agnes Heller 

En la metáfora de la estación de tren aparece una conciencia del presente en la cual muchas personas deciden abandonar el viaje -el tren rápido manejado por el maquinista- pero sin abandonar el lugar de los viajes. Lxs individuos contingentes prefieren un lugar que pueden elegir por sí mismos en lugar de aceptar un lugar señalado.

Es un lugar donde se puede perdonar; también se puede olvidar. Se puede perdonar sin olvidar. Se puede perdonar el horror, o también se puede estar en el horror; incluso desentenderse o acostumbrarse al horror.
Estamos donde decidimos estar –hoy- estamos aquí y ahora con nuestro trayecto histórico, con nuestras miserias, nuestras culpas y nuestro perdón. Elegimos estar sabiendo –seres contingentes- que estamos hoy, con el pasado de nuestro presente y con el futuro de nuestro presente. Venimos de guerras –del espanto- much@s queremos salirnos de ellas, queremos olvidar, disculparnos, restaurar, hacernos escuchar. Pero nos damos cuenta que seguimos en guerra y surge la pregunta… ¿quiénes nos mantienen en ellas? Porque algunos queremos decir que la guerra acabó para nosotros, que nos salimos; decidimos convivir, decidimos un lugar para todos.

Ubicados así, podemos escuchar el mensaje que circuló primero en Facebook y luego recorrió la red en múltiples espacios sociales, y que lo dejo al pie de este post por si alguien aún no lo vio.
Aparece un señor Ronny de 41 años, ciudadano israelí, hablándole a los iraníes y a la comunidad en general, expresando su sentir, mostrando en qué estación de tren vive en la actualidad, cuál es su elección, de qué se hace responsable. Habla parado en su estación de tren. Habla en su presente elegido, en su mundo posible. Por sí mismo y asumiendo las consecuencias de su diario vivir. 

Entonces pienso en la parte oscura de la humanidad, la parte de sombras y fantasmas, en los maquinistas que dirigen la locomotora, que lleva un tren a un determinado lugar, que planifica y arrastra con el poder que tenga a quienes suban a su tren. Y quienes suben a ese tren a veces saben y a veces no saben el verdadero destino. L@s que no saben, suben atrapados por la velocidad y la dirección del tren. Los que sí saben, suben inmersos en una voluntad de hacer en nombre de los demás, con la arrogancia de creer conducir al destino deseable para todos, formando parte de algo y por lo tanto no haciéndose responsables por nada. La parte oscura que desanima entristece y amarga. Esas sombras que creen poder decidir por nosotros. Que creen tener la razón y hablan en nombre de grandilocuencias que tal vez no sepan exactamente su sentido verdadero. Nos llaman a subirnos al tren de la historia, al tren del progreso y la seguridad. Pero nosotr@s –algunos- vivimos en la estación del tren y no nos subimos al destino prometido ni al destino sin conocer… preferimos nuestro presente, nuestra decisión, hacernos cargo, vivir lo posible dentro de lo que consideramos mejor. No nos subimos.

Entonces dejo la parte oscura de la humanidad y pienso en la parte de luz, en lo que regala el brillo de la vida, el encanto del amor, del abrazo, de la tolerancia y la convivencia. Esa persona que decide dónde vive, que se hace responsable por lo que hace porque lo decide en su nombre, que sabe que en el mundo habitamos muchos y podemos hacerlo sin odios pre establecidos y mucho menos dirigidos por seres que pretenden representarnos. Aparecen esas voces –por ejemplo la de este señor Ronny- que dicen que no queremos la guerra, que no odiamos, que no nos conocemos pero todos cabemos; hay estaciones de trenes en las cuales vivir, muchas y diferentes, podemos elegir sin dañar. Aparece esa luz y me convenzo una vez más sobre la necesidad de la no pertenencia. Sólo el no pertenecer nos hace libres de actuar bajo nuestra responsabilidad. Nos permite –si así lo queremos- recorrer el camino de Luz. No respondemos a otros. Tenemos una respuesta propia ante cualquier asunto. No nos plegamos. No nos subimos al tren. Pero estamos en el lugar de los viajes.

Somos seres que nos damos a conocer porque nos hacemos cargo. Habitamos las redes sociales, los espacios virtuales. A veces criticados porque "violamos la privacidad" o "tenemos la necesidad de ser vistos".
Nos presentamos. Somos transparentes. Nos dejamos ver. Personas que se comunican en forma horizontal, que se dicen y se muestran. Claro que guardan su privacidad. Pero es otra privacidad, diferente. Y así pueden, muchas de estas personas, representarse a sí mismas. Son ellas mismas. Hablan por sí mismas y no en nombre de otros. Tampoco dejan que otros hablen de sí mismos. Ell@s se muestran. No necesitan representantes. Se comunican. Se llaman. Se manifiestan. Cada uno es cada quien. Se responsabilizan por esa foto, por esa metida de pata, por ese error, por ese baile, por esa estupidez. Y se solidarizan. Y se llaman entre sí. Y se convocan. Se manifiestan. Encuentran a veces causas comunes y a veces no. No están representados por ningún poder. No se deben a nadie. No le deben a nadie.

Entonces cuando aparece uno de esos seres, Ronny, y veo lo que produjo en la comunidad de Facebook, y veo en youtube su video, su mensaje, su añoranza, su decisión; regala su imagen, su súplica, su perdón; nos muestra su estación de tren y cómo la habita… entonces es cuando me emociona hasta la fibra más íntima. Me emociona.

Ronny nos dice que no se sube al nuevo tren de la historia, manejado por fantasmas y sombras al poder, que determinan a quiénes odiar, a quiénes matar, con quiénes convivir. Y ni se imaginan cuánto más me emociona cuando veo todas las respuestas –decenas al principio, luego centenares y miles; respuestas de los demás seres, ésos que estamos solos, no representados, que encontramos compañía, que encontramos voces, que nos entendemos entre nosotros y nos abrazamos sin conocernos. Aparecen estas respuestas de anónimos iraníes al principio, de gentes –mucha, muchísimas gentes- que abrazan el mensaje de Ronny, lo hacen suyo, lo devuelven, lo confirman, lo saludan; y la comunidad de los que vivimos este presente de perdón, de amor, a los que nos emociona vivir en paz porque creemos que podemos vivir en paz, los que elegimos por nosotros mismos, esa comunidad que también se acerca y envuelve los mensajes de estos hombres y mujeres que le dicen a sus supuestos representantes que ellos no quieren lo que están tramando ni tejiendo, no quieren la sombra ni el dolor, que no hablen por ell@s porque lo que hagan no se hará en su nombre.

La no pertenencia me permite estar en el lado del abrazo de esta comunidad que se junta en el espacio invisible, virtual, ese espacio tan poco entendido por algunos, ese espacio que algunos llaman “la actual necesidad de mostrarse a los demás” es justamente el espacio que nos permite a los seres no representados, a los que decidimos, a los que respondemos por nuestros actos y nuestros dichos, a los que mostramos y nos transparentamos para que no haya más sombras que nos arrebaten nuestro sentir y nuestro pensar. Cuanto más visibles y comunicados más somos nosotros mismos, menos nos pueden envolver en el mensaje “para todos”, no nos dirigen porque nos dirigimos nosotros mismos y le hablamos a la comunidad que queremos. Espacio en el cual convivimos sin La Sombra, sin El Planificador, sin El Maquinista, sin La Dirección ni el Comité Central. Existimos, somos públicos, nos mostramos, no hablen por nosotros que nosotros tenemos fotos, nos contamos historias, compartimos sentimientos, expresamos deseos. Y es un colectivo paradójico porque no existe como tal, no tiene un lugar ni una forma, y entonces se crea la metáfora del espacio virtual; existimos en la no existencia, un espacio que no existe como tal, que es de muchos y no es de nadie, no es gobernable; está lleno de personas que no nos conocemos, pero que nos emocionamos, nos abrazamos, logramos decir a quien quiera escuchar que no nos sumamos a sus guerras ni nos tragamos sus cuentos; logramos decir que nos gusta vivir, que nos gusta la vida, que queremos la paz. Much@s de nosotros.

http://youtu.be/I6sPCSJu31U

lunes, 26 de marzo de 2012

LOS GUARDIANES DEL SABER

Hay mucha gente “grande” que no termina de comprender que no tienen la verdad en su mano, que no son los custodios de la sabiduría de nuestro mundo. Insisten en pensar que pueden marcar el camino de las nuevas generaciones como si fueran los que pueden, los que conocen, los que determinan. Parecen ignorar que justamente son los que perdieron, los que se equivocaron, en muchos terrenos y no sólo en el político.

Lo que más duele es que estas personas tan aferradas a sí mismas se volvieron incapaces de escuchar, de probar, de cambiar, de aprender. Son personas que podrían –a partir de lo vivido- tener la humildad para callar y sacar apuntes, ponerse a pensar otra vez, pero en lugar de esto, a algunos de ell@s les gusta pretender que son apt@s –los más aptos- para enseñar a los demás. Lo más “cómico” de todo es que algunas de estas personas se sienten también con la capacidad de hablar en forma peyorativa de cosas que ni siquiera entienden. Me refiero en específico a la cantidad de veces que escucho cómo se refieren a los jóvenes como gentes descuidadas e inútiles, sin horizontes o ambiciones, que sólo les preocupa la gratificación inmediata en lugar de entender los grandes conceptos y trabajar para las grandes obras…

Entonces estas personas tan importantes se ponen a definir líneas. Se aferran lo más que pueden a sus lugares, allí donde se toman decisiones, y delinean formas y decretos para perpetuarse a sí mismos. Porque claro. Ell@s son los capaces. A los jóvenes les falta experiencia, les falta fogueo, les falta probarse. Les falta. No se cuestionan si son ell@s mismos los que no están entendiendo. Al contrario, se creen que pueden corregirlos, les enseñan la actitud que se debe tener; los sentimientos que se deben tener; las formas que se deben mostrar. Se creen en el deber de educar.
Por ejemplo se creen que pueden crear un nuevo plan de estudios, y lo hacen como se debe hacer: o sea que someten a un montón de gurises de 18 y 19 años a clases teóricas interminables, llenas de conceptos inteligentísimos y de narrativas importantísimas, que por supuesto no se sabe a ciencia cierta si sirven ni para qué… porque claro, cómo les van a dar de entrada clases prácticas, sobre cosas concretas que se puedan ver de inmediato, que se puedan vincular con un uso, con un sentido en lo posible de la vida cotidiana… no, de ninguna manera, esto es por el absurdo de la inmediatez de est@s muchach@s, es por culpa de google, twitter o algo similar. Mejor decirles cómo deberían ser las cosas, y tenerlos por ejemplo el primer semestre de la entrada a la Universidad, cuando l@s tienen que entusiasmar, enardecer, hacer florecer, inquietarlos… en lugar de esto l@s tienen sometid@s a las grandes líneas conceptuales de lo que después verán para qué sirve… porque así es como deben ser las cosas: siempre primero el marco ideológico, el marco conceptual, el marco filosófico, la comprensión del todo, para sólo luego dedicarse a lo particular. Entonces l@s jóvenes se pasan aburriendo, se desestimulan, no entienden qué es lo que están haciendo allí... Ah! Pero nunca olvidar que es por su culpa, porque no tienen "actitud", porque no les importa nada, porque son unos individualistas… No vaya a ser que de verdad, estos adultos tan sabios se pregunten qué no entendieron para que l@s muchach@s  no les den bola. No vaya a ser que se cuestionen por fin si no tienen que dar un paso al costado y dejar que las nuevas generaciones sean las que armen los posibles caminos. Porque se equivocarán también, pero dentro de sus códigos, y no tratando de imponer viejas recetas a nuevas generaciones que nada tienen que ver con la forma de vivir ni de entender las formas que tienen estos adultos.
Otra época. Otros aprendizajes. Otras formas de sentir. Otras formas de vincularse ¿No lo pueden entender? Y si no lo pueden entender ¿no podrían hacer el bien y dejar a las nuevas gentes, l@s jóvenes y los adultos que sí pudieron reciclarse, para que marquen caminos o lideren en cuestiones que importan?

No es con las viejas recetas y formas de comprender el mundo que van a cambiar la educación. No es con viejos estilos y viejas pautas de comportamientos como van a cambiar las estructuras políticas. Así no convocan. No convocan a l@s jóvenes para que estudien y se especialicen. No convocan a la gente para que participe y se comprometa. Así es como tod@s pierden.

Muchas personas proclaman que las distintas estructuras (políticas, sociales, institucionales, gremiales) den lugar a los jóvenes. Y escuché a muchas personas quejarse por esto. Las quejas se centran en que si realmente se piensa que los viejos no sirven para nada. Centran la discusión en si hay o no desprecio a los adultos… Como si el asunto fuera en quién quiere desplazar a quién. La visión paranoica del mundo que lamentablemente tanta pero tanta gente parece seguir. La falta de autocrítica es lo que da lugar a estas interpretaciones.
No se trata de desplazar ni de decretar inservible a todo aquel mayor de 50 años. Se trata de que l@s que no sean capaces de entender el mundo en el cual viven en la actualidad, l@s que no puedan incorporar los cambios, que dejen lugar a los que sí los viven, a los que sí hicieron el esfuerzo de entender, a los nacidos naturalmente en los nuevos códigos. Háganse a un lado en lugar de tratar de seguir imponiendo métodos, en lugar de aferrarse a sus cuotitas de poder como si fueran los guardianes del saber. 

lunes, 12 de marzo de 2012

Para ellas y ellos

El debate sobre el lenguaje sexista cobró nuevos bríos en el mundo hispanohablante. Esta vez la polémica se instaló a partir de un informe aprobado por un pleno de la RAE y publicado a principios de este mes: “Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer”. Está bueno leer este informe escrito por Ignacio Bosque para volver a pensar acerca de los usos del lenguaje y su implicancia en la formación de cultura.

El tema de fondo es sobre la invisibilidad lingüística de las mujeres y el sexismo de la lengua.
¿Cómo nos dirigimos a un público, a “los demás”? Tradicionalmente se usaba -y se sigue usando- el masculino para comprender a un conjunto de hombres y mujeres, niños y niñas. En algún momento que no sabría definir cuál es, esto comienza a cuestionarse. Incluso en algunos países –España por ejemplo- se viene elaborando desde hace años guías de lenguaje no sexista en distintas dependencias del Estado y en variadas instituciones y comunidades.
Hay distintas posibilidades para no continuar con la tradición de hablar en masculino para referirse al conjunto:

Algun@s desde hace tiempo adoptaron el tod@s, o también el todxs para dirigirse al público mixto, de manera de no dejar en la oscuridad a ninguno de los géneros. Lxs que se sienten cómodxs con esto aducen que encontraron una fórmula neutra donde todxs están comprendidxs. L@s que no están de acuerdo con esto hablan del caos en la transformación de las reglas gramaticales y demás cuestiones más formales, pero también de la imposibilidad de resolver el problema, ya que esto sólo puede ser usado en el lenguaje escrito, lo que resulta insuficiente porque así no se contribuye a transformar la forma  verbal de comunicar.

Hay quienes escriben y hablan –dirigiéndose a un público- introduciendo a veces el femenino y a veces el masculino. En forma aleatoria se usa los y las, todos y todas… A favor: no se dirigen a un único género, no ocultan y colocan en las sombras a ninguno de los géneros, demuestran que tanto se puede referir a uno u otro género porque es indistinto. En contra: es al menos confuso, no se sabe si en algún concepto en particular deben atender ellos y en otros conceptos ellas; se puede especular acerca de la pertinencia de una determinada referencia en masculino y otra determinada referencia en femenino… o más aún… alguien podría comenzar a contar cuántos “los” y cuántos “las” hay en el artículo o discurso, e inferir a partir de un conteo que, lo que quiso ser al azar y demostrar neutralidad, resultó en una primacía hacia uno de los géneros; se puede pensar que no es igualitario el tratamiento del femenino y masculino porque hay más referencias a uno que al otro, y que esto podría tratarse de una campaña subliminal, casi oculta, una subrepticia forma de lavar los cerebros de las inocentes personas para imponer la supremacía de tal o cual género. Engorroso al menos.

Otra posibilidad es –en el lenguaje verbal, cuando se dirige a un conglomerado de individuos- utilizar la regla de las mayorías: si en la reunión/mitin hay más mujeres que hombres se habla en femenino y viceversa. A favor: se toma en cuenta la mayoría numérica, no hay una discriminación de género, simplemente se sigue una regla de mayorías que es absolutamente al azar. En contra: es difícil de usar si es un orador dirigiéndose por ejemplo a miles de personas; no sirve para el lenguaje escrito, no resuelve el problema de comunicación. Pero además puede resultar confuso y poco educativo ¿se imaginan una maestra en una clase de la escuela, contando la cantidad de niñas y niños y entonces dirigiéndose a ellas o ellos de acuerdo al día? ¿o si es una clase estable y siempre hay mayoría de niñas por ejemplo? ¿se imaginan a los varoncitos cuando la maestra dice “ahora todas a cantar”? A veces atenderán los niños y otras veces atenderán las niñas, pero dudo que est@s pequeñit@s entiendan mucho sobre lo que le está pasando al/la pobre maestrx…

Otra posibilidad: se habla y escribe siempre contemplando ambos géneros. A favor: es educativo; se enseña cómo debe hacerse para no excluir; quedan todxs contempladxs. En contra: resulta casi imposible, engorroso, quedarían largos discursos y largos artículos pesados, se complican los contenidos.

¿Qué hacer entonces con esta cuestión? Primero que nada lo importante: reconocer que se trata de un problema y hay entonces que resolverlo. Hasta ahora no se encontró una fórmula totalmente satisfactoria, pero se está intentando introducir el concepto, la discusión, el problema.

No importa cuál de las formas se use para eliminar el lenguaje sexista. Unxs usarán determinadas formas como las descritas más arriba, otr@s usarán algunas diferentes. Lo que elija cada un@. Lo que parezca más sensato. No pueden aceptar, hombres ni mujeres, la discriminación por género en ninguna de sus expresiones. Mucho menos en la expresión. Es el lenguaje. Es la comunicación. Es la educación. No se puede simplemente dejar de lado o trivializar este asunto porque sea complicado resolverlo. No se puede decir.. “y bueno, siempre fue así, para qué cambiar ahora”… porque justamente una buena parte del mundo que yo aplaudo está haciendo esfuerzos por transformar todo aquello que apoye la discriminación. Y las tradiciones cuando son malas o dañinas hay que cambiarlas. Se ha penado y se sigue penando mucho por las exclusiones, intolerancias, desprecios. Se vienen haciendo muchos esfuerzos en las últimas décadas para aprender a incluir. El lenguaje es formador de cultura. Es entonces imprescindible que esta polémica se reavive, continúe, persista. Y que se haya incluido en ella la RAE también me parece saludable.

Comenzar entonces por reconocer que el lenguaje sexista es un problema que hay que resolver. Si todavía no se encontró una forma genial de resolverlo, pues se puede utilizar la que mejor parezca dentro de las posibles que se proponen y que la gente en general comienza a usar. Ya se irá perfeccionando, ya se irá encontrando la salida, se puede ayudar a que el camino siga siendo evitar la discriminación. Ojalá cada un@ mire este camino y se vea en él colaborando para que las personas sean valoradxs sin importar el color de piel, el género, la opción sexual o la religión. 

lunes, 27 de febrero de 2012

Otra vez decidir...

La búsqueda de la tan mencionada y anhelada “libertad” es tan abstracta que pocas veces mencionamos la palabra dando el mismo significado. El concepto de libertad aplicado a las relaciones del humano con su medio, con su vida, en su inserción en la sociedad que habita es extremadamente complejo. Hay muchas normas, pautas, reglas y sentencias que dictaminan el accionar humano en un determinado lugar y en una determinada época. Muchas de estas reglas, valores y pautas vienen del pasado, muchas otras son del presente.

Las mujeres y los hombres más adaptados cumplen con todos los preceptos, no hacen enojar a nadie, son queridos por muchos y se muestran muchas veces infelices. Carecen de algo, no saben bien de qué, hay algo que falta, que no está bien.
Los que simplemente son adaptados -no “muy”- cumplen con la gran mayoría de los preceptos aunque estiran los límites, las fronteras, se atreven un poco más, cambian algunas cosillas; pero muchas veces se muestran también infelices o inconformes.
Los un poco menos adaptados y más atrevidos, los que arriesgan, los que cumplen vagamente con lo esperable pero viven dándole más importancia a su aire, a su parecer, a sus sentimientos y conceptos -aunque deban romper con reglas y transgredir las normas- éstos que muchas veces son tildados de individualistas, o incluso de egoístas, que son mirados, señalados, en algunos lugares perseguidos, manifiestan muchas veces su amor por vivir, sienten más intensamente, se sienten protagonistas, forman su vida. Aunque también están más solos que el resto, menos comprendidos. Son los que se parecen más a “los libres”, los que pueden, los intensos, la vida para ellos vale mucho, es un honor, es un milagro, se llenan los pulmones de aire y absorben toda esta vida que están creando. Son los que encuentro más felices, o más plácidos, más agradados. Claro que con altos costos, como la soledad, la no pertenencia, el alejamiento.

Qué es mejor y qué es peor de todas las opciones, sólo cada quien lo puede determinar. El propio individuo debe mirarse a sí mismo y decidir cómo logra su punto de equilibrio entre lo que quiere, lo que puede y lo que tolera. Qué tan solo se puede estar, qué tanto soporta no pertenecer, cómo siente la incomprensión o críticas de los demás… son todos parámetros individuales, privados. Para formar la llamada armonía del vivir, para sentirse “libre”, protagonista, capaz, complacido, el humano necesita ese pacto interno, esa intuición íntima que permite saber por cuál camino toma cada uno. No hay terapias, ni correccionales, ni búsquedas esotéricas que puedan indicar el punto de equilibrio porque sólo el sí mismo lo puede determinar. Y en general encuentro que esto se logra luego de mucho ensayo y error, provocación y culpa, aciertos y metidas de pata. Por eso me resulta tan importante, tan imprescindible, la capacidad de decidir, de atreverse, de ganar y perder, de aprender….
Decidir, sólo eso.

lunes, 6 de febrero de 2012

Vivir

¿Tiene importancia buscar un sentido a la vida? ¿Algo o alguien que la justifique, fundamente o le conceda jerarquía? ¿No alcanza con la vida misma?

Son preguntas que se repiten muy a menudo, ya que por diferentes razones parece ser importante encontrar la finalidad, el contenido o la justificación de la vida que se está viviendo. Esa vida que cada uno construye, que es propia de cada quien, que está implícita, contenida, en la edificación de cada persona… es la vida que cada uno puede tener. Puede ser muy rica, aburrida, llena de sobresaltos, impredecible, rutinaria, emocionante o tediosa. En general tiene un poco de todo esto y más. Y en general es diferente en cada etapa o momento de una misma persona. Es variable, incierta, contingente. Es problemática, se necesita de todo el esfuerzo y la energía para escribir y dibujar el mapa de cada uno. Se necesita atreverse, elegir, ganar, perder, frustrarse, disfrutar, penar, conmoverse. Es inmensa la tarea de vivir. Y no viene dada con la sola existencia… hay que construirla ¿Y además de todo esto hay que buscar un sentido? ¿El sólo hecho de construir y vivir la vida propia no alcanza como significado, como motivo, como razón de existir?

La búsqueda de destinos, de lugares a los cuales arribar, puede ser una necesidad de muchas personas para saber por dónde caminar o cómo marcar su senda. O para darle un “sentido” a su vida. Desde siempre el humano crea objetivos hacia los cuales dirigirse: pueden ser místicos, simbólicos, o pueden ser racionales. Puede tratarse de llegar a un Dios, de lograr la Armonía y Paz Eternas, o también de construir el Hombre Nuevo o de llegar a la realización de la Ideología. Entonces aquí el objetivo, la meta, el destino, se vuelve lo más importante y preciado. Gran peligro. Todo se puede justificar para alcanzarlo. Incluso se puede vivir en la tristeza, en la pobreza, en la desidia, en la maldad, en el horror… si con ello contribuye a lograr su propósito.

Lo que hay que preguntarse es si realmente se necesita tener este objetivo, esta Meta Final en la existencia de cada uno. Como si no alcanzara con la ardua tarea del vivir. Si no se insiste en elaborar objetivos o creer en destinos, entonces pasa a ser fundamental la construcción del camino propio. Aquí es cuando el camino es lo trascendente, vivir es el cimiento, contenido y sentido. Por eso es importante para tomar decisiones saber de dónde se sale y no a dónde se llega. Saber de dónde se viene y no a dónde se va. Cobra importancia que cada uno pueda contar su vida. La capacidad de describir, narrar, expresar, referir. Decir y detallar cada historia, momento, cada decisión, cada cuenta. Saber lo que se tiene y lo que no. Con qué se cuenta. De qué se dispone. Poder medir, evaluar, ajustar. Todo esto pasa a ser lo importante. Porque lo que importa es el camino, la vida misma.

El transcurso es el fundamento de la existencia. Y este transcurrir, este camino, el dibujo del mapa de cada quien, la vida de cada uno, es eso que se vive momento a momento. Vivir es lo más cotidiano que podamos encontrar. Es lo que pasa en el día, en cada hora, en cada decisión, en cada pérdida, en cada problema, en cada ganancia. Es el levantarse, hacer, emocionarse, buscar, aburrirse… esto que se hace día a día, este dibujo, esta formación del mapa… es la vida de cada uno, el objetivo último, el deleite: vivir.

lunes, 30 de enero de 2012

VIDA PROPIA

Recibí una comunicación de una persona amiga que me llenó de alegría, porque habla en su fundamento de un tema que me moviliza mucho, que quienes siguen el blog ya lo conocen: la importancia de poder con las decisiones y de poder con los cambios.
El escrito de esta persona me vuelve a confirmar que por más difícil que sea el momento que se esté viviendo, por más doloroso e incierto, lo que realmente congratula, beneficia, calma, pacifica, es el hecho de saber tomar una decisión. Esto significa, ni más ni menos, que el hecho de saber armar el camino propio, saber conducir, elegir, marcar, apostar por ser activo en la formulación de los deseos y de las inquietudes. Decidir aunque se sabe de antemano que cuando se gana algo al mismo tiempo se pierde algo. Decidir a pesar de la incertidumbre, de la imposibilidad de saber el final. Decidir que implica renovarse, cambiar, torcer, volver, avanzar, descuidar, proteger. La vida de cada uno.

No temer a armar el propio camino genera este estado de tranquilidad y beneplácito más allá de lo difícil de la etapa que se esté viviendo. Es espinoso por cierto, porque hay que hacerse cargo de las consecuencias de cada decisión. Es trabajoso porque se necesita independencia. Es problemático porque obliga a vivir acompañado de lo incierto. Para marcar la ruta hay que confiar en uno mismo, en lo que cada uno es capaz, en la intuición, en la percepción, en la inteligencia, en la estupidez y atrevimiento de cada quien. Hay que conseguir laboriosamente el propio papel y lápiz para marcar la ruta en el mapa de cada vida. Si se pide prestado el lápiz, ya hay otro que tiene el derecho de decidir sobre la ruta a seguir. Si se escribe en el mapa de otro, las rutas, por más que se intente, no van a ser propias. La independencia es difícil. Vivir es difícil. Pero la experiencia de grandiosidad, de paz, de dignidad que otorga vivir una vida armada por cada quien, calzando los propios zapatos, colma hasta lo más profundo.

En contrapartida, la constatación de seguir por una senda que no es del todo propia, decisiones que no se toman por temor o por pereza, rectificaciones del camino emprendido que no se realizan también por temor o pereza, miedo a equivocarse y por tanto paralización en cada momento importante de la vida; ese perpetuar un día detrás del otro como si el tiempo transcurriera en otra dimensión, en otro mundo, y la persona sólo mira su paso y lo sigue con su vista. Vidas que quedan “colgadas”, dependientes, sostenidas por otras. Continuar en un estado de rutina porque cambiar parece tortuoso; prolongar o recorrer las horas sin importar si así se es feliz o infeliz; simplemente seguir porque de lo contrario habría que cambiar… este estado aunque aparentemente simule un estado de tranquilidad por el no hacerse cargo, por el no asumir las consecuencias, es uno de los peores estados del alma, porque genera no sólo un sentimiento de frustración casi permanente sino peor aún: genera una sensación de ajenidad, de vida hecha por otro, reglas de otro, pautas de otro, formas de otro.

Resulta lastimoso no poder con la vida de cada uno. Genera tristeza, hastío, aburrimiento, o en el mejor de los casos, transcurrir sin pasiones y con un cierto vacío. Es no saber que cada uno puede tener su propia vida. Claro que compartida. Claro que consensuada incluso con otro u otros, pero siempre es una propia vida porque entran en juego las propias decisiones. En lo importante, en lo que marca camino, en lo que se siente como esencial, las decisiones son propias y cada uno resolverá si se realizan en forma solitaria o en compañía o en grupo.
Armar el camino con los propios medios, con las propias posibilidades, sin colgarse a la vida de nadie, se corresponde a un estado de bienestar. Dificultoso… y de bienestar.

lunes, 9 de enero de 2012

Conversando

Qué simple es hablar para el humano -se aprende desde chiquito sin saber bien cómo- y al mismo tiempo cuánto enredo produce.
Pretendemos entendernos, cuidarnos, decirnos, expresar, y entonces nos da por conversar con otro. Con el habla creamos una relación que puede ser de segundos o de años, no importa cuánto dure, se establece una relación con la cual nos distendemos, nos peleamos, nos divertimos, cuestionamos, producimos o incluso a veces solucionamos algún problema u obstáculo. Parece sencillo.

Sin embargo la comunicación es de las cuestiones más difíciles del vínculo. Porque hay uno que emite un pensamiento, una queja, una observación, una descripción, y hay otro que recibe algo bastante diferente a lo que quiso trasmitir el emisor. En el medio, en ese espacio a veces medible, a veces virtual, otras infinito, en ese espacio entre persona y persona por donde en forma imaginaria corre un hilo delgadísimo que conduce dentro de sí lo emitido, se va transformando a lo largo del hilo de tal forma que lo que recibe el otro ya se trata de otra cosa.

Esto se vuelve especialmente importante en las relaciones afectivas, En una relación de amor, en una relación de amistad, muchas veces existe la ilusión de que la comunicación es simple y fluida. Sin embargo la mayor parte de las veces ocurre exactamente lo contrario: es cuando la comunicación se puede volver compleja e incluso romperse.
Entonces la pelea, el disgusto, el desentendimiento. O la pregunta, la incógnita, la sorpresa, la estupefacción. Porque uno dijo algo que el otro entendió de otra manera. Si bien las palabras tienen un uso determinado y significan algo establecido, con lo cual existe la posibilidad de ser estricto, minucioso, preciso, esto puede ser sólo una pretensión, porque lo cierto es que las palabras, frases, lo dicho está envuelto en un contexto, un gesto, una atmósfera, un tono de voz, que es en alguna medida interpretable. O incluso más sutil… hay uno que expresa algo con una intención y el otro -quien lo recibe- le arroga una intencionalidad diferente. Claro que el uno cuando dijo no explicó demasiado –entonces no dejó explícita su intención. Esto es así casi siempre, porque de lo contrario una conversación sería muy engorrosa y difícil de llevar. Y también es claro que quien recibió el mensaje, interpretó a su real saber y entender la intención que subyace a lo que el uno emitió. Esto también es así casi siempre, porque el que recibe está recibiendo en un momento dado de su estado de ánimo, de su pensamiento, de su actitud, y va a interpretar de acuerdo a esto. Lo escuchado no es objetivo. Hay una expresión de un lado y se recibe de alguna manera del otro.

Puesto así parece un desacierto intentar comunicarse; sin embargo lo que más se trata de hacer en un vínculo que importa es conversar, aclarar, explicar, contar, expresar. Y justamente esto es lo que lleva muchas veces al desentendimiento, confusión y ruptura. 

Parece que vale la pena recordar simplemente esto: que la comunicación entre humanos es de las cuestiones más difíciles del vínculo, y que seguramente el que escucha está recibiendo un mensaje diferente del que quiso enviar el que emite. Si dan ganas, si el vínculo lo amerita, si nos importa la relación, si entenderse es fundamental para la labor que se está desarrollando, entonces el simple acto de hablar y escuchar cobra gran importancia. Puede ser que hablar un poco más, explicar, explayarse, no sea tan desacertado; y escuchar un poco más, detenerse, preguntar cuando quedan dudas o malestares, recabar más datos de la conversación, no sea tampoco tan desacertado. Hacer loas a las conversaciones escuetas y telegráficas cuando lo importante es comunicarse no parece un paso inteligente a seguir. Callarse sistemáticamente ante las impresiones o impactos de lo que se escuchó se puede convertir en resentimientos y reproches, hablados y callados… tampoco parece ser un sistema que ayude al bienestar.

Cuando importa entonces, vale el esfuerzo por decir lo más claramente que se pueda; vale el esfuerzo por escuchar lo más claramente que se pueda. La gracia, el privilegio, la posible decisión es usar el intercambio de la palabra para entenderse, con el esfuerzo que esto trae aparejado. Generar un intercambio competitivo, sólo para saber quién gana, sólo para saber quién puede mejor; o generar un intercambio sólo para funcionar en el fastidio y la desconfianza, no conduce al bienestar de la relación que se quiere proteger.