lunes, 27 de febrero de 2012

Otra vez decidir...

La búsqueda de la tan mencionada y anhelada “libertad” es tan abstracta que pocas veces mencionamos la palabra dando el mismo significado. El concepto de libertad aplicado a las relaciones del humano con su medio, con su vida, en su inserción en la sociedad que habita es extremadamente complejo. Hay muchas normas, pautas, reglas y sentencias que dictaminan el accionar humano en un determinado lugar y en una determinada época. Muchas de estas reglas, valores y pautas vienen del pasado, muchas otras son del presente.

Las mujeres y los hombres más adaptados cumplen con todos los preceptos, no hacen enojar a nadie, son queridos por muchos y se muestran muchas veces infelices. Carecen de algo, no saben bien de qué, hay algo que falta, que no está bien.
Los que simplemente son adaptados -no “muy”- cumplen con la gran mayoría de los preceptos aunque estiran los límites, las fronteras, se atreven un poco más, cambian algunas cosillas; pero muchas veces se muestran también infelices o inconformes.
Los un poco menos adaptados y más atrevidos, los que arriesgan, los que cumplen vagamente con lo esperable pero viven dándole más importancia a su aire, a su parecer, a sus sentimientos y conceptos -aunque deban romper con reglas y transgredir las normas- éstos que muchas veces son tildados de individualistas, o incluso de egoístas, que son mirados, señalados, en algunos lugares perseguidos, manifiestan muchas veces su amor por vivir, sienten más intensamente, se sienten protagonistas, forman su vida. Aunque también están más solos que el resto, menos comprendidos. Son los que se parecen más a “los libres”, los que pueden, los intensos, la vida para ellos vale mucho, es un honor, es un milagro, se llenan los pulmones de aire y absorben toda esta vida que están creando. Son los que encuentro más felices, o más plácidos, más agradados. Claro que con altos costos, como la soledad, la no pertenencia, el alejamiento.

Qué es mejor y qué es peor de todas las opciones, sólo cada quien lo puede determinar. El propio individuo debe mirarse a sí mismo y decidir cómo logra su punto de equilibrio entre lo que quiere, lo que puede y lo que tolera. Qué tan solo se puede estar, qué tanto soporta no pertenecer, cómo siente la incomprensión o críticas de los demás… son todos parámetros individuales, privados. Para formar la llamada armonía del vivir, para sentirse “libre”, protagonista, capaz, complacido, el humano necesita ese pacto interno, esa intuición íntima que permite saber por cuál camino toma cada uno. No hay terapias, ni correccionales, ni búsquedas esotéricas que puedan indicar el punto de equilibrio porque sólo el sí mismo lo puede determinar. Y en general encuentro que esto se logra luego de mucho ensayo y error, provocación y culpa, aciertos y metidas de pata. Por eso me resulta tan importante, tan imprescindible, la capacidad de decidir, de atreverse, de ganar y perder, de aprender….
Decidir, sólo eso.

lunes, 6 de febrero de 2012

Vivir

¿Tiene importancia buscar un sentido a la vida? ¿Algo o alguien que la justifique, fundamente o le conceda jerarquía? ¿No alcanza con la vida misma?

Son preguntas que se repiten muy a menudo, ya que por diferentes razones parece ser importante encontrar la finalidad, el contenido o la justificación de la vida que se está viviendo. Esa vida que cada uno construye, que es propia de cada quien, que está implícita, contenida, en la edificación de cada persona… es la vida que cada uno puede tener. Puede ser muy rica, aburrida, llena de sobresaltos, impredecible, rutinaria, emocionante o tediosa. En general tiene un poco de todo esto y más. Y en general es diferente en cada etapa o momento de una misma persona. Es variable, incierta, contingente. Es problemática, se necesita de todo el esfuerzo y la energía para escribir y dibujar el mapa de cada uno. Se necesita atreverse, elegir, ganar, perder, frustrarse, disfrutar, penar, conmoverse. Es inmensa la tarea de vivir. Y no viene dada con la sola existencia… hay que construirla ¿Y además de todo esto hay que buscar un sentido? ¿El sólo hecho de construir y vivir la vida propia no alcanza como significado, como motivo, como razón de existir?

La búsqueda de destinos, de lugares a los cuales arribar, puede ser una necesidad de muchas personas para saber por dónde caminar o cómo marcar su senda. O para darle un “sentido” a su vida. Desde siempre el humano crea objetivos hacia los cuales dirigirse: pueden ser místicos, simbólicos, o pueden ser racionales. Puede tratarse de llegar a un Dios, de lograr la Armonía y Paz Eternas, o también de construir el Hombre Nuevo o de llegar a la realización de la Ideología. Entonces aquí el objetivo, la meta, el destino, se vuelve lo más importante y preciado. Gran peligro. Todo se puede justificar para alcanzarlo. Incluso se puede vivir en la tristeza, en la pobreza, en la desidia, en la maldad, en el horror… si con ello contribuye a lograr su propósito.

Lo que hay que preguntarse es si realmente se necesita tener este objetivo, esta Meta Final en la existencia de cada uno. Como si no alcanzara con la ardua tarea del vivir. Si no se insiste en elaborar objetivos o creer en destinos, entonces pasa a ser fundamental la construcción del camino propio. Aquí es cuando el camino es lo trascendente, vivir es el cimiento, contenido y sentido. Por eso es importante para tomar decisiones saber de dónde se sale y no a dónde se llega. Saber de dónde se viene y no a dónde se va. Cobra importancia que cada uno pueda contar su vida. La capacidad de describir, narrar, expresar, referir. Decir y detallar cada historia, momento, cada decisión, cada cuenta. Saber lo que se tiene y lo que no. Con qué se cuenta. De qué se dispone. Poder medir, evaluar, ajustar. Todo esto pasa a ser lo importante. Porque lo que importa es el camino, la vida misma.

El transcurso es el fundamento de la existencia. Y este transcurrir, este camino, el dibujo del mapa de cada quien, la vida de cada uno, es eso que se vive momento a momento. Vivir es lo más cotidiano que podamos encontrar. Es lo que pasa en el día, en cada hora, en cada decisión, en cada pérdida, en cada problema, en cada ganancia. Es el levantarse, hacer, emocionarse, buscar, aburrirse… esto que se hace día a día, este dibujo, esta formación del mapa… es la vida de cada uno, el objetivo último, el deleite: vivir.

lunes, 30 de enero de 2012

VIDA PROPIA

Recibí una comunicación de una persona amiga que me llenó de alegría, porque habla en su fundamento de un tema que me moviliza mucho, que quienes siguen el blog ya lo conocen: la importancia de poder con las decisiones y de poder con los cambios.
El escrito de esta persona me vuelve a confirmar que por más difícil que sea el momento que se esté viviendo, por más doloroso e incierto, lo que realmente congratula, beneficia, calma, pacifica, es el hecho de saber tomar una decisión. Esto significa, ni más ni menos, que el hecho de saber armar el camino propio, saber conducir, elegir, marcar, apostar por ser activo en la formulación de los deseos y de las inquietudes. Decidir aunque se sabe de antemano que cuando se gana algo al mismo tiempo se pierde algo. Decidir a pesar de la incertidumbre, de la imposibilidad de saber el final. Decidir que implica renovarse, cambiar, torcer, volver, avanzar, descuidar, proteger. La vida de cada uno.

No temer a armar el propio camino genera este estado de tranquilidad y beneplácito más allá de lo difícil de la etapa que se esté viviendo. Es espinoso por cierto, porque hay que hacerse cargo de las consecuencias de cada decisión. Es trabajoso porque se necesita independencia. Es problemático porque obliga a vivir acompañado de lo incierto. Para marcar la ruta hay que confiar en uno mismo, en lo que cada uno es capaz, en la intuición, en la percepción, en la inteligencia, en la estupidez y atrevimiento de cada quien. Hay que conseguir laboriosamente el propio papel y lápiz para marcar la ruta en el mapa de cada vida. Si se pide prestado el lápiz, ya hay otro que tiene el derecho de decidir sobre la ruta a seguir. Si se escribe en el mapa de otro, las rutas, por más que se intente, no van a ser propias. La independencia es difícil. Vivir es difícil. Pero la experiencia de grandiosidad, de paz, de dignidad que otorga vivir una vida armada por cada quien, calzando los propios zapatos, colma hasta lo más profundo.

En contrapartida, la constatación de seguir por una senda que no es del todo propia, decisiones que no se toman por temor o por pereza, rectificaciones del camino emprendido que no se realizan también por temor o pereza, miedo a equivocarse y por tanto paralización en cada momento importante de la vida; ese perpetuar un día detrás del otro como si el tiempo transcurriera en otra dimensión, en otro mundo, y la persona sólo mira su paso y lo sigue con su vista. Vidas que quedan “colgadas”, dependientes, sostenidas por otras. Continuar en un estado de rutina porque cambiar parece tortuoso; prolongar o recorrer las horas sin importar si así se es feliz o infeliz; simplemente seguir porque de lo contrario habría que cambiar… este estado aunque aparentemente simule un estado de tranquilidad por el no hacerse cargo, por el no asumir las consecuencias, es uno de los peores estados del alma, porque genera no sólo un sentimiento de frustración casi permanente sino peor aún: genera una sensación de ajenidad, de vida hecha por otro, reglas de otro, pautas de otro, formas de otro.

Resulta lastimoso no poder con la vida de cada uno. Genera tristeza, hastío, aburrimiento, o en el mejor de los casos, transcurrir sin pasiones y con un cierto vacío. Es no saber que cada uno puede tener su propia vida. Claro que compartida. Claro que consensuada incluso con otro u otros, pero siempre es una propia vida porque entran en juego las propias decisiones. En lo importante, en lo que marca camino, en lo que se siente como esencial, las decisiones son propias y cada uno resolverá si se realizan en forma solitaria o en compañía o en grupo.
Armar el camino con los propios medios, con las propias posibilidades, sin colgarse a la vida de nadie, se corresponde a un estado de bienestar. Dificultoso… y de bienestar.

lunes, 9 de enero de 2012

Conversando

Qué simple es hablar para el humano -se aprende desde chiquito sin saber bien cómo- y al mismo tiempo cuánto enredo produce.
Pretendemos entendernos, cuidarnos, decirnos, expresar, y entonces nos da por conversar con otro. Con el habla creamos una relación que puede ser de segundos o de años, no importa cuánto dure, se establece una relación con la cual nos distendemos, nos peleamos, nos divertimos, cuestionamos, producimos o incluso a veces solucionamos algún problema u obstáculo. Parece sencillo.

Sin embargo la comunicación es de las cuestiones más difíciles del vínculo. Porque hay uno que emite un pensamiento, una queja, una observación, una descripción, y hay otro que recibe algo bastante diferente a lo que quiso trasmitir el emisor. En el medio, en ese espacio a veces medible, a veces virtual, otras infinito, en ese espacio entre persona y persona por donde en forma imaginaria corre un hilo delgadísimo que conduce dentro de sí lo emitido, se va transformando a lo largo del hilo de tal forma que lo que recibe el otro ya se trata de otra cosa.

Esto se vuelve especialmente importante en las relaciones afectivas, En una relación de amor, en una relación de amistad, muchas veces existe la ilusión de que la comunicación es simple y fluida. Sin embargo la mayor parte de las veces ocurre exactamente lo contrario: es cuando la comunicación se puede volver compleja e incluso romperse.
Entonces la pelea, el disgusto, el desentendimiento. O la pregunta, la incógnita, la sorpresa, la estupefacción. Porque uno dijo algo que el otro entendió de otra manera. Si bien las palabras tienen un uso determinado y significan algo establecido, con lo cual existe la posibilidad de ser estricto, minucioso, preciso, esto puede ser sólo una pretensión, porque lo cierto es que las palabras, frases, lo dicho está envuelto en un contexto, un gesto, una atmósfera, un tono de voz, que es en alguna medida interpretable. O incluso más sutil… hay uno que expresa algo con una intención y el otro -quien lo recibe- le arroga una intencionalidad diferente. Claro que el uno cuando dijo no explicó demasiado –entonces no dejó explícita su intención. Esto es así casi siempre, porque de lo contrario una conversación sería muy engorrosa y difícil de llevar. Y también es claro que quien recibió el mensaje, interpretó a su real saber y entender la intención que subyace a lo que el uno emitió. Esto también es así casi siempre, porque el que recibe está recibiendo en un momento dado de su estado de ánimo, de su pensamiento, de su actitud, y va a interpretar de acuerdo a esto. Lo escuchado no es objetivo. Hay una expresión de un lado y se recibe de alguna manera del otro.

Puesto así parece un desacierto intentar comunicarse; sin embargo lo que más se trata de hacer en un vínculo que importa es conversar, aclarar, explicar, contar, expresar. Y justamente esto es lo que lleva muchas veces al desentendimiento, confusión y ruptura. 

Parece que vale la pena recordar simplemente esto: que la comunicación entre humanos es de las cuestiones más difíciles del vínculo, y que seguramente el que escucha está recibiendo un mensaje diferente del que quiso enviar el que emite. Si dan ganas, si el vínculo lo amerita, si nos importa la relación, si entenderse es fundamental para la labor que se está desarrollando, entonces el simple acto de hablar y escuchar cobra gran importancia. Puede ser que hablar un poco más, explicar, explayarse, no sea tan desacertado; y escuchar un poco más, detenerse, preguntar cuando quedan dudas o malestares, recabar más datos de la conversación, no sea tampoco tan desacertado. Hacer loas a las conversaciones escuetas y telegráficas cuando lo importante es comunicarse no parece un paso inteligente a seguir. Callarse sistemáticamente ante las impresiones o impactos de lo que se escuchó se puede convertir en resentimientos y reproches, hablados y callados… tampoco parece ser un sistema que ayude al bienestar.

Cuando importa entonces, vale el esfuerzo por decir lo más claramente que se pueda; vale el esfuerzo por escuchar lo más claramente que se pueda. La gracia, el privilegio, la posible decisión es usar el intercambio de la palabra para entenderse, con el esfuerzo que esto trae aparejado. Generar un intercambio competitivo, sólo para saber quién gana, sólo para saber quién puede mejor; o generar un intercambio sólo para funcionar en el fastidio y la desconfianza, no conduce al bienestar de la relación que se quiere proteger.

lunes, 26 de diciembre de 2011

LAS FIESTAS

Último lunes del año… para muchos estas fechas significan una movida muy importante, a veces por causas externas y a veces por causas internas.

En lo externo están las salidas, el trabajo, los encuentros, las compras…. Toda una vorágine que se junta y enlentece el tránsito.
En lo interno ya es más complicado. Aparecen todo tipo de sensaciones y sentimientos. Voy a mencionar sólo tres estados que me resultan los más comunes:

- Entusiasmo y alegría: por los colores, la vida, el movimiento, la exaltación. Son personas que pueden disfrutar tanto de cuestiones profundas e importantes como de las livianas o anodinas. Simplemente disfrutan.
- Hastío y rabia: por los colores, la vida, el movimiento, la exaltación…. Parece que todo esto fastidia, impacienta, exaspera. No toleran lo que están viviendo, consideran que simplemente lo están padeciendo.
- Agobio y tristeza, llantos, quebrantos, desconsuelo: por lo que se perdió, por los que perdieron, por los que no están, sobre todo porque aparece más definido y claro los que faltan.

El entusiasmo y la alegría expresan agrado, complacencia, capacidad para disfrutar. Se demuestra en los boliches repletos de gente por la noche, la algarabía, la distensión: se vieron ayer y probablemente se vean mañana, pero disfrutan ese abrazo especial, ese saludo, ese deseo o simplemente esa muestra de afecto. Muestran ganas de hacer regalos, de agasajar, de brindar, y otra vez de abrazarse y pasarla bien. Da gusto. Se comparte. Muchas risas, muchas miradas.

Los que hastían y rabian me atrevo a decir que tienen muchas cosas para resolver. Están con muchos pendientes. Con disgustos que atravesaron el año entero, que quedaron estancados en algún lugar, que perturban el diario vivir. No soportan, no toleran, resienten. No pueden disfrutar entonces todo se vuelve una molestia profunda; hasta se intelectualiza muchas veces el desagrado y se argumenta en contra del regocijo. Tienen conflictos que amargan el alma. Perturba cualquier sensación placentera. Ese fastidio que se trasmite con un malestar y disgusto hacia el divertimento y algarabía. Saben que tienen que resolver, tomar decisiones, cambiar el rumbo, no se atreven pero lo saben. Entonces rabian y disgustan.

Me preocupan especialmente los que están inmersos en el agobio y la tristeza, la falta, el vacío: los que están angustiados por la muerte, por el que falta, por el que ya no está más…. Es comprensible, la muerte es amarga, la falta del ser querido duele, provoca, apuñala el alma. Estas personas quieren y recuerdan pero no pueden apartarse del abatimiento. Esto no permite honrar a sus muertos queridos. Y la mejor manera de honrar esas vidas que hoy no existen, es vivir lo más intensamente posible. Justamente porque ellos -nuestros muertos queridos- no pueden. Es así que nosotros, los que estamos vivos, no podemos ser tan egoístas y malgastar esta vida que ellos ya no pueden tener: la tenemos, entonces honrémoslos viviéndola y no tirándola entre lágrimas y depresiones. Hagamos este esfuerzo, que ellos puedan de esta extraña manera, vivir a través nuestro. Es cuando cobra un sentido profundo estas fechas, las fiestas, los encuentros, el abrazo, la risa, las miradas: el entusiasmo y la alegría.

lunes, 19 de diciembre de 2011

CONSCIENCIA Y DECISIÓN (parte II)

Considero que uno de los temas problemáticos al cual se enfrenta todo individuo es acerca de aceptar y manejar los cambios. Es más, tengo la certeza de que casi todo lo que anda mal, en un mismo individuo y entre los individuos, tiene que ver con dos grandes capítulos: la paranoia y la repulsión al cambio. De la paranoia escribiré más adelante, ahora me ocupa el tema de los cambios.

En algunos casos se podrá reconocer que el conservadurismo de un individuo tiene que ver con mantener determinado statu quo; o que es inherente a pertenecer a una corporación que brega por sostenerse a sí misma por encima de cualquier otra cosa; o tiene que ver con que este determinado individuo ocupa un lugar en una silla en un salón que le es conveniente o placentero y que por lo tanto sólo podrá trabajar para mantener su lugar, la silla y el salón tal como están.
En otros casos se podrá explicar por el miedo a lo que no sabe, el terror a empeorar su situación actual (“más vale malo conocido que bueno por conocer”). En otros casos, en fin, podremos interpretar que la falta de inteligencia, cultura, comida, pastilla para la tos, hogar con ladrillos, papá y mamá, y todo lo que se quiera poner aquí es lo que causa el sosiego, la permanencia, cobardía, prudencia, inseguridad, aprensión, y que termina por afectar al individuo en su capacidad por absorber los riesgos. Por todas estas cosas mencionadas y por muchas más, por alguna de ellas o muchas mezcladas, este individuo no tolera la incertidumbre y entonces conserva, detiene, se agrupa; y cuando lo hace no se siente tan responsable: el responsable es el grupo; o mejor aún: el responsable es el otro, el distinto, el que no pertenece, el enemigo. Ese individuo entonces, con bastante facilidad, se convence a sí mismo ser el poseedor de la razón, la verdad, Dios está de su lado; del otro lado los equivocados. No puede revertir este orden. Es un orden sagrado. Necesita que la vida sea una línea que tiene un comienzo, un medio y un fin, un hecho detrás del otro, causa y consecuencia, destino que crea por sí mismo o destino marcado por su Dios. Necesita la consolación del saber, no puede con las revueltas, las renovaciones, reformas, correcciones; no puede ni siquiera con las perturbaciones. Entonces conserva. Cueste lo que cueste y caiga quien caiga. No importa de qué tema se hable. Mantiene y perpetúa, inmortaliza. Porque de lo contrario sabe que será otro puntito más arrojado al cosmos. Sobreviene el ahogo del espacio abierto, de la libertad, de la verdadera responsabilidad individual. Este individuo niega la contingencia, marca un camino y tiene un destino. Que nadie lo saque de la línea trazada. Inventa la vida como una línea que progresa hacia algo. Inventa la pertenencia y la continuidad.

Lo peligroso es no darse cuenta que el discurso que adopta este individuo puede ser engañoso e incluso disfrazado de revolución. Hay que estar atento antes de defender o aceptar discursos que disfracen lo que subyace en él: mantener las cosas en un lugar manejable por el individuo o grupo… mantener.

El otro individuo, el que sabe de la contingencia, es consciente, decide, se responsabiliza, asume la inmensidad de errores, festeja los aciertos, se juega por sus certezas, creencias y sueños; se arriesga, habla y dice; se enfrenta. Este ser que puede existir aunque sepa que va a no existir; este ser que incorpora lo incierto, lo asume y lo maneja para formar parte también de sus resoluciones. El ser contingente, en el aquí y ahora con el pasado incorporado, que vive la existencia arrojado al cosmos a sabiendas que la vive hasta que deja de hacerlo y se convierte en no existencia, es el que toma decisiones en forma permanente, las hace conscientes. No se pone excusas para no hacerlo. O aún: sin creerse que no lo hace cuando de todas formas lo está haciendo. Es un ser que se elige a sí mismo, con toda la carga que esto conlleva. Sabe que no se puede hacer a sí mismo, pero puede elegir. Existe como individuo pertenezca o no a grupos, se acompañe o no de otros.
Su discurso va a marcar cambios, va a incomodar, genera aprehensión porque desarma el orden establecido. Es innovador, es revolucionario, acepta la incertidumbre como parte de su existir, no le teme ni se sugestiona con el no-saber; emprende sin saber dónde termina, cuál es el final; puede cambiar, es el “otro”, el enemigo, el culpable, el que puede mover los cimientos. Su discurso lo acompaña. Es auténtico.

Un individuo cuando no es consciente de lo que decide, o que no resuelve los obstáculos en su andar, que piensa que vive lo que le tocó vivir, como si su vida fuera obra de fuerzas superiores, que cree que su andar está marcado por los objetivos y las metas que se propuso a sí mismo, o que propuso su grupo de pertenencia, o que propuso las fuerzas del más allá, este individuo no es responsable de lo que está armando porque cree que no lo arma él. Y cuando llega a un lugar, quiere quedarse en él, porque le resulta temerario cambiar. Es un ser que existe cargado de frustración, y oscuridad.
No aceptar la contingencia es no aceptarse en su todo, es no ver, engañarse y pensar que puede prescindir de la decisión. Y lo hace, entre otras cosas, tratando de privilegiar la quietud, trata de que nada cambie, que no tenga que tomar nuevas decisiones, que todo siga como está. Repele el cambio. A tal punto, que hasta puede recurrir a ideologías, a creencias místicas, a sabidurías ancestrales, a interpretaciones ingeniosas de la realidad… cualquier cosa que le dé argumentos suficientes para que nada cambie. Se puede hablar de progreso y revolución haciendo las cosas de manera de que nada cambie. La permanencia y continuidad, el conservadurismo, no tiene signo político ni se adscribe a ninguna ideología. Cualquier ser que se niegue a sí mismo la contingencia, que le asuste armar su malla de hilos entrecruzados, va a sacar argumentos de cualquier lado para que justifiquen lo suficiente la mantención del statu quo.

Más allá de cómo cada uno decida vivir, de qué sea lo que privilegie, de cuáles sean sus convicciones, la responsabilidad está en escuchar verdaderamente lo que se dice, escuchar los discursos, escuchar las propuestas, cuando éstas están dirigidas al discernimiento público, cuando éstas piden un voto, cuando tratan de formar opinión. No seguir las palabras como si sólo hablaran de lo que dicen, no encantarse con la forma del decir: hay que escuchar y comprender qué es lo que se está proponiendo en realidad, qué es lo que se está haciendo en realidad. Porque cada uno, en algún momento, tiene que ser consciente y tomar una decisión. Ver más allá de las palabras. Escuchar más allá de lo que se dice. Para entender. Para aprobar y desaprobar. Para juzgar. Para evaluar. Para saber en qué sitio se encuentra cada quién.

Muchos discursos absolutamente conservadores, pero también miedosos y paranoicos están adornados de buenas intenciones. Saber discernir es un tema de responsabilidad. Para ser auténtico, la conciencia y decisión de cada acto, de cada obra, de cada movimiento, tiene que superar el miedo a la no permanencia, aceptar el no-saber inherente a la formación de la malla de hilos entrecruzados. Vale la pena preguntarse entonces… ¿qué seguimos cuando seguimos? ¿qué aprobamos cuando aprobamos? ¿qué votamos cuando proponemos?  Conciencia y decisión, que llevan a la responsabilidad individual.

lunes, 12 de diciembre de 2011

Consciencia y decisión (parte I)

Un día despertamos y nos damos cuenta que estamos en un determinado lugar. Ocupamos un espacio, hay límites propios y límites impuestos, simplemente nos reconocemos en un sitio que lo podemos describir usando todos nuestros sentidos, lo podemos interpretar usando nuestra imaginación, lo podemos analizar usando el raciocinio. Sea como sea el ser se identifica como individuo en tal lugar. No importa si gusta o no gusta. Si da miedo, gracia, resignación o rabia. Es el individuo en un lugar.

Este individuo pone a jugar su consciencia actual y se comprende también en un sentido histórico: entonces sabe que vino de algún lado, partió de algo. Hace suya su historia. Está incorporada en el aquí y el ahora. Sabe de dónde parte pero no puede saber dónde terminará. Puede saber que hoy está aquí -que salió de alguna parte, recorrió la malla de hilos entrecruzados- y que hoy está aquí. Consciencia de pasado y presente incorporados.

La persona también puede saber que desea algo, que quisiera dirigirse a, que sueña con caminar hacia. Puede hasta inventarse un posible lugar de llegada, a sabiendas de que esto es el final de un sueño pero no el final de su recorrido. Se proyecta. Realiza elecciones. Dentro de sus posibles, elige, emprende, actúa. Y en base a esta proyección y a esas elecciones toma más y nuevas decisiones.
El final último del recorrido sí lo conoce aunque no lo quiera ver… es la muerte. El individuo conoce el final de la existencia actual. Sabe que el final de su existencia actual es la no existencia. Pero el camino en esa existencia, su tránsito o deambular, no lo puede conocer. Se reconoce en un determinado lugar como ser contingente. No conoce en qué puertos va a recalar -más allá de que sus pasos se dirijan razonablemente hacia puntos proyectados. En su camino de existencia no sabe dónde va a terminar con cada paso, maniobra o decisión. Sólo sabe que en algún momento, en algún lugar, se convierte en no existencia.

Entonces es el individuo en un lugar. Con su carga histórica. Su presente que alberga e implica su pasado. Con su futuro ignoto que sólo sabe de incertidumbres. Así va armando su vida: siendo consciente de cada decisión, tomada en base a sueños, proyectos, posibilidades, mandatos, pero con el agregado de que sus decisiones no van a asegurar el nuevo lugar al cual llegar. Las toma igual –las decisiones- porque así se arma su vida. Sin garantías. Sin saber si con ellas cumple las metas deseadas. Decide dar tres pasos hacia la derecha para colocarse en la baldosa gris, a sabiendas de que hará lo posible por dar tres pasos, puede que los dé o puede que no, y que eso ojalá lo conduzca a donde imaginó, aunque no puede asegurar que esa baldosa realmente sea gris. Sólo sabe que se trasladará hacia otro punto y recién allí se encontrará este individuo en este otro lugar. Y así sucesivamente se dibujará el entramado, la malla de hilos entrecruzados sin patrón alguno que es su vida posible.

En este entendido, tomar consciencia actual e histórica, tomar decisiones en forma permanente, saber que todo cambia y que cada cambio vuelve a implicar tomar consciencia y decisiones…. Si se entiende de esta forma el dibujo de la vida de cada uno, entonces podemos atrevernos a aceptar los cambios que nuestra sola existencia produce, ya sin tanta reacción, sin tanto dolor, sin tanta rabia, sin tanto dolo, sin tanta envidia, sentencia ni aversión.